En ruta la moto tiene dos grandes enemigos: el pavimento resbaladizo y el viento. El primero resulta tan obvio que nos hace saltar de inmediato las alarmas en cuanto percibimos el asfalto brillante o mojado, pero paradójicamente al segundo suele costar más valorarlo antes de ponerse al manillar, salvo que estemos hablando de ráfagas de extrema fuerza. Sin embargo, no hace falta que aparezcan estas grandes velocidades para que el viento se convierta en peligroso.
Otro gran inconveniente es que resulta muy difícil concretar la velocidad a partir de la cual se puede establecer una “línea roja” de peligrosidad por viento, porque depende de muchos factores como la aerodinámica del vehículo, la orografía o la presencia de más tráfico en la vía…
Estudios efectuados en túneles de viento han establecido que como, norma general, vientos de velocidades constantes de 30-40 km/h son perfectamente manejables, mientras que a partir de ráfagas superiores a 60-70 km/h es cuando ya se da un grave riesgo de pérdida de estabilidad. Más allá de los 80 km/h se considera que ya hay peligro grave y resulta aconsejable detenerse.

